abril 22, 2021

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Por un sindicalismo: clasista, unitario, democrático, independiente y moderno.

Mural: El agua, origen de la vida y la lucha de clases, Diego Rivera.

En México el mundo laboral exige cambios de fondo, pues no es posible continuar bajo un régimen de hambre. Por tal motivo, lo que se propone en éste artículo de opinión es seguir el camino de la Federación Sindical Mundial para construir desde la base un sindicalismo clasista, unitario, democrático, independiente y moderno.

La pretensión de esta reflexión es esbozar las causas del declive organizativo de la clase obrera y contribuir a la construcción de un sindicalismo clasista, unitario, democrático, moderno e independiente capaz de superar las precarias condiciones de trabajo que viven los mexicanos en los diferentes ramos de producción a causa del control corporativo y el oportunismo de los liderazgos.

El sindicato es un instrumento de la lucha de clases que, además de buscar suprimir el sistema de trabajo asalariado, agrupa a los trabajadores para la defensa de sus intereses o reivindicaciones vitales o fundamentales y cotidianas o del momento.[1] En una palabra es una organización de resistencia, que defiende en el terreno económico los intereses mediatos e inmediatos de los asalariados. Así, por ejemplo, es un punto de apoyo cuando defienden el derecho colectivo a condiciones de trabajo decentes, salarios dignos, estabilidad laboral; y con pactos temporales garantizan el acceso subsidiado a servicios públicos de seguridad y previsión social o enarbolan la lucha por el derecho a la vivienda, cultura y educación pública. En resumen, los sindicatos son definidos como clasistas porque tienen una fuerte pertenencia a la clase obrera y conciencia de la diferencia entre clases sociales.

En contraste con lo anterior, desde la segunda mitad del siglo XX, a causa del oportunismo, la burocratización y la corrupción la mayoría de los sindicatos mexicanos se convirtieron en correa de transmisión de intereses ajenos y extraños a los trabajadores, que tienen por fin “afianzar la rentabilidad del capital y el reforzamiento del poder de las compañías”[2]. Estos vicios no solo han minando de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba la vida orgánica de los sindicatos, sino que también desvirtuaron el sentido de los mismos.

Mientras las malas prácticas proliferaban, por otro lado, las clases dominantes jugaron con la ignorancia y el miedo a la pobreza para engañar a los trabajadores bajo el argumento de que era más conveniente renunciar a la lucha por su emancipación y conciliar sus intereses de clase a cambio de garantizar una vida decorosa. Lamentablemente esta promesa fue un medio engañoso y hábil de la patronal para solucionar las demandas de la insurgencia sindical, ya que ésta promesa iba acompañada de una mentira sobre la movilidad social. Por ejemplo, éste subterfugio ha perdurado hasta la fecha porque sostiene que la diferencia entre clases sociales se basa de acuerdo al poder adquisitivo o capacidad de consumo de una persona y no de acuerdo al lugar que se ocupa en las relaciones sociales de producción. De ahí que se crea factible transitar de una clase baja a una clase media o alta con solo aumentar tu poder adquisitivo por encima del ingreso promedio de la clase a la que se pertenece; lo cual no altera la relación entre capital y trabajo del modo de producción capitalista. Dicho brevemente, la aparente movilidad social ocasionó, por un lado, que los sectores menos avanzados de la clase obrera abandonaran las causas sociales por comodidad y, por otro lado, que muchos sindicatos clasistas se convirtieran en una burocracia dedicada a la promoción del dialogo social y escamoteo de los derechos adquiridos.

A su vez, la implantación de la teoría del dialogo social fue el vehículo con el cual se logró introducir el apoliticismo en los sindicatos. La decisión de renunciar a la confrontación directa de clase contra clase y de optar por el dialogo social significó renunciar a la teoría marxista de la lucha de clases y asumir la teoría burguesa de colaboración de clases. En efecto, dicha teoría ha sido funcional a los intereses de la patronal, ya que a través de ella se ha promovido entre los trabajadores la idea de eludir la confrontación frente a la agresión. De ahí que, a espaldas de sus compañeros de trabajo, los oportunistas prefirieran sacar provecho de los conflictos laborales pactando con la patronal.

Otra causa del profundo debilitamiento de los sindicatos es la corrupción derivada de los buenos negocios y pactos de caballeros. En concreto, la corrupción penetró las estructuras sindicales cuando se comenzó a premiar a los dirigentes más obedientes y a los trabajadores más leales a la patronal. Los premios de la patronal y gobernantes tenían como objetivo corporativizar a la base trabajadora mientras se reforzaba la idea de combatir la desigualdad social por medio de reformas al sistema social que las produce. En suma, la insidiosa política del dialogo social y el engaño de la movilidad social sirvieron a la burguesía para corromper a las directivas sindicales.

En efecto, todo lo ocurrido allanó lo suficiente el terreno como para posicionar a oportunistas cobardes, que contribuyeron a la intensificación de la explotación de los trabajadores que representaban y, además, con todos estos métodos crearon entre la base trabajadora un clima fatalista, de aceptación del “mal menor”, es decir, la reducción de los salarios o las horas de trabajo a fin de no perder los puestos de trabajo.”[3] De este modo sucedió la conversión de los sindicatos clasistas en “…estructuras burocráticas e “instituciones” de mediación entre los trabajadores y el estado burgués, otorgando su conformidad a los patrones para golpear a todas las voces de lucha en el nivel primario – en las fábricas, empresas y lugares de trabajo”[4]. La traición se organizo por la burocracia sindical.

En suma, dicha estrategia apaciguó los ánimos de los trabajadores al inculcarles una actitud tolerante y sumisa ante cualquier injusticia o mal trato mientras que, al mismo tiempo, los desorganizó y dejó sin razón de ser a los sindicatos, a sabiendas de que todo lo que se desvía de su propósito decae para luego perecer con el tiempo.

Esbozadas las causas del declive organizativo de la clase obrera hay que exponer en un sentido práctico los principios que rigen al sindicalismo clasista, democrático, unitario, moderno e independiente para hacer frente a los estragos ocasionados por la implantación de la teoría del diálogo y cooperación social, que han venido utilizando las clases dominantes para gestionar los conflictos y garantizar el control efectivo de las masas en todo el mundo.

 Con relación a democratizar la vida interna y la unidad de la clase obrera se debe aclarar que al interior de los sindicatos es común la existencia de tendencias confrontadas en una guerra de posiciones. En ese sentido los distintos bandos desarrollan, de manera consciente o no, su actividad sindical conforme a la lógica de la guerra de posiciones, que consiste en la concentración de fuerza en posiciones estratégicas que una vez tomadas se defienden con la intención de iniciar una guerra de desgaste que aumenta el número de bajas y arruina moralmente al enemigo. Pero en el ámbito sindical consiste principalmente en conquistar las asambleas, secciones, comisiones y otros cargos de elección popular para convertirlas en posiciones defensivas, pues de este modo se contiene de manera escalonada el avance del enemigo en la toma de posiciones. Por ejemplo, en la actualidad los charros controlan estos espacios que funcionan como reservas estratégicas para frenar escalonadamente la desarticulación del sistema de control obrero de la patronal. De modo que intentar tomar el poder, sin contar con puntos de apoyo firmes no haría más que retrasar el cumplimiento del objetivo estratégico; y en caso de lograrlo, la restauración de la democracia virtual y fácilmente minada. Es por ello que se deben establecer tácticas orientadas a socavar de manera suficiente la organización de los enemigos de clase para alterar la desventajosa correlación de fuerzas y una estrategia dirigida a recuperar el control total de cada uno de los puestos de representación colectiva para acrecentar la influencia de la tendencia democrática.

 En mi opinión lo dicho hasta aquí supone un gran esfuerzo de investigación, estudio y divulgación adecuada de información suficiente como para articular un plan capaz de unificar y guiar un movimiento estructurado de base a pesar de las coyunturas internas e influencias externas.

Ahora bien el punto de partida en la construcción de un movimiento unitario, democrático y de base comienza por iniciar una revolución desde adentro, es decir aprender a pensar y trabajar de manera colectiva, que en términos prácticos consiste en articular células. Estás estructuras base de organización son grupos de trabajo que toman partido por restablecer o mantener el carácter clasista de un sindicato. La importancia de las células se debe a que es el espacio adecuado para practicar la democracia verdadera basada en:

  • El dialogo y debate de diversas expresiones de pensamiento hasta agotar la discusión;
  • La toma de decisiones por consenso o votación; y
  •  La designación de responsabilidades y coordinación operativa de todas las fuerzas en la ejecución de la decisión acordada.

En efecto, practicar la democracia verdadera nos permite elaborar y perfeccionar las iniciativas, después de consultar la opinión de la mayoría. Positiva o no la opinión de los demás es fundamental conocer la reacción de las personas si lo que buscamos es el bien común. En la práctica una célula puede ejecutar sin problema lo acordado pero eso no significa que los demás compañeros de trabajo los vayan a seguir sin más. De ahí la importancia de aclarar la diferencia entre indicar el camino e invitar a caminar juntos por un mismo objetivo. En una palabra la dirección que impulsan unos para los otros no es más que un consejo o una propuesta que pueden tomar o no para orientarse en la resolución de los problemas comunes a todos. Para simplificar, la democracia toma su tiempo pero es segura.

Otro aspecto a considerar con relación a la dirección elaborada por el núcleo dirigente es que cualquier supuesta acción organizada y consciente se debe basar en evidencia científica y no en meras creencias, sesgos o prejuicios porque de lo contrario la pretensión de lograr el efecto deseado fracasará al chocar con el infranqueable muro de la realidad. Pero en caso de lograr el efecto deseado con la iniciativa propuesta a las masas, como consecuencia de un correcto análisis, el grupo se ganará la confianza de sus compañeros de trabajo y tendrá la legitimidad suficiente como para indicar el camino a seguir. Por tanto, sin la construcción democrática de una orientación correcta basada en evidencia científica no se podrá persuadir más que aun puñado de convencidos pero jamás a las masas; y sin ellas no se pueden llevar a cabo las grandes transformaciones sociales que se escriben en los libros de historia.

Ahora tras dar respuesta a los asuntos relacionados con la democracia y unidad lo que sigue es proponer una solución al problema que representa garantizar la independencia de clase frente a la influencia de intereses ajenos y extraños a los trabajadores. En ese sentido lo pertinente para dar solución al problema es hacer un profundo y riguroso análisis de la estructura, funcionamiento y dinámica del lugar de trabajo con relación al sistema capitalista, pues de ese modo podemos contar con la precisión suficiente como para ofrecer conclusiones de utilidad sobre el asunto de nuestro interés o de cualquier fenómeno social. De modo que el armado del blindaje ideológico comienza por el estudio disciplinado de la teoría y análisis constante de la realidad concreta, ya que nos permite llevar a cabo interpretaciones cada vez más exactas del mundo que nos rodea.

Si bien el estudio constante es suficiente para despertar la conciencia, con la práctica se desencadena la modificación del estilo personal de vida y reestructuración de las prioridades en un sentido colectivo, es decir, se aprende a pensar colectivamente para resolver los problemas comunes a todos. Sin embargo, modificar el comportamiento o reorganizar la vida personal para corregir o mejorar prácticas y empatar prioridades personales con el interés colectivo es un proceso en constante contradicción con el sistema de valores individualistas y liberales. Por tal motivo es fundamental que el trabajo sindical de las células se enfoque en lograr que en cada centro de trabajo todos los obreros sean capaces de auto-organizarse, auto-regularse y auto-tutelarse.

Como vemos la independencia se alcanza cuando al interior de un sindicato los trabajadores aprenden a regular su convivencia y se organizan por cuenta propia para hacer valer sus derechos o defender sus intereses de clase. Desde otro punto de vista la autonomía se mantiene cuando la clase obrera es capaz de impulsar un proyecto social en concordancia con lo que piensa, dice y hace acerca de la democracia, el progreso y la libertad. Por consiguiente es crucial profesionalizar la actividad sindical .

En última instancia, cuando hablamos de un sindicato moderno estamos hablando de una organización clasista, democrática, unitaria e independiente, ya que sólo partiendo de esos principios se puede superar las prácticas obsoletas del sindicalismo corporativo, oportunista y de la burocracia disociada de la realidad que viven los trabajadores. Es por esto que un sindicato moderno además de atender las necesidades e intereses de sus afiliados o solucionar los conflictos laborales; se preocupa por formar nuevos dirigentes y garantizar el relevo generacional con la formación política de los más jóvenes y de todos los interesados en mantener la democracia y libertad sindical, con el único fin de suprimir el sistema de trabajo asalariado.

Finalmente tras exponer las razones por la cual los sindicatos modernos son en esencia clasistas y proponer en un sentido práctico una solución al problema de la democracia, unidad e independencia aún queda mucho por hacer si deseamos construir un sindicalismo distinto donde la democracia y libertad sean una realidad. Si bien lo dicho hasta aquí contribuye a delinear una ruta de trabajo es necesario que pongamos manos a la obra por que el tiempo apremia, pues como diría el general del ejército del sur, Emiliano Zapata:

El que quiera ser águila vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre, pero que no grite cuando lo pisen.